Cuando descansaba y ya forjado un
sentimiento de soledad más que incipiente, gustaba recorrer la
ciudad. Prolongados paseos con su compañera habitual navegando por
un mar a la deriva, completaban las jornadas. Un eterno laberinto
flanqueaba su corazón escurrido de entendimiento y tapizado por una
sinrazón a la que fue acomodándole la fuerza mayor. Igualmente
reconocía que tanta tristeza podía modificar su sistema
inmunológico, predisponiendo la enfermedad. Cualquier patología,
real o ficticia terminaba por desembocar en fuertes impresiones que
prolongaba en el tiempo. Estímulos mentales capaces de reavivar las
características
del recuerdo,
alterar emociones que
agitan mente y alma, y vapulear sin control la armonía
físico-mental. Así hundida en una eterna melancolía que
escudriñaba persistentemente el resumen de su vida, le llevaba a
veces a obsesionarse por cualquier aspecto inconexo con el equilibrio
de la vida.
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