martes, 22 de diciembre de 2015

Cuando descansaba y ya forjado un sentimiento de soledad más que incipiente, gustaba recorrer la ciudad. Prolongados paseos con su compañera habitual navegando por un mar a la deriva, completaban las jornadas. Un eterno laberinto flanqueaba su corazón escurrido de entendimiento y tapizado por una sinrazón a la que fue acomodándole la fuerza mayor. Igualmente reconocía que tanta tristeza podía modificar su sistema inmunológico, predisponiendo la enfermedad. Cualquier patología, real o ficticia terminaba por desembocar en fuertes impresiones que prolongaba en el tiempo. Estímulos mentales capaces de reavivar las características del recuerdo, alterar emociones que agitan mente y alma, y vapulear sin control la armonía físico-mental. Así hundida en una eterna melancolía que escudriñaba persistentemente el resumen de su vida, le llevaba a veces a obsesionarse por cualquier aspecto inconexo con el equilibrio de la vida.

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