domingo, 20 de diciembre de 2015

Día tras día, un pertinaz resplandor se colaba por aquella ventana de madera encajonada en el ojo de patio del último piso. Aquello era lo único certero. Haces comenzando en un mismo punto y proyectados a un mismo lugar dibujaban una sombra perpetua. Ella rebosante de soledad los estudiaba y examinaba. Así pasaba las horas, acompañada del murmullo de la voz de su madre. Lo peor de todo es que su adolescencia hasta los años veinte años, no resultó mejor en absoluto. A diferencia. Vaivenes fatídicos recordaba en todo ese período de tiempo. Con un tocadiscos de la época y unos cuantos discos de vinilo prestados, Tequila, Supertramp, George Moustaki ... se deslizaba por el tobogán misterioso del tiempo. Pintaba el arco iris de su vida de un blanco negro constante. Muchos años más tarde iba a descubrir la belleza que encarnaba los colores. No obstante en contraposición, razones inconexas y deshilvanadas secretamente volteaban por los rincones del pequeño salón.

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