Día tras día, un
pertinaz resplandor se colaba por aquella ventana de madera
encajonada en el ojo de patio del último piso. Aquello era lo único
certero. Haces comenzando en un mismo punto y proyectados a un mismo
lugar dibujaban una sombra perpetua. Ella rebosante de soledad los
estudiaba y examinaba. Así pasaba las horas, acompañada del
murmullo de la voz de su madre. Lo peor de todo es que su
adolescencia hasta los años veinte años, no resultó mejor en
absoluto. A diferencia. Vaivenes fatídicos recordaba en todo ese
período de tiempo. Con un tocadiscos de la época y unos cuantos
discos de vinilo prestados, Tequila, Supertramp, George Moustaki ...
se deslizaba por el tobogán misterioso del tiempo. Pintaba el arco
iris de su vida de un blanco negro constante. Muchos años más tarde
iba a descubrir la belleza que encarnaba los colores. No obstante en
contraposición, razones inconexas y deshilvanadas secretamente
volteaban por los rincones del pequeño salón.
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